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Los
animales han acompañado desde siempre al hombre y éste
les ha correspondido haciéndoles protagonistas de sus manifestaciones
artísticas desde el Paleolítico Superior.
Se
convirtieron, algunas veces, en representaciones simbólicas
de los dioses y otras, como en el románico, en vehículos
descriptivos de la moral y costumbres humanas a través de
sus características psicosomáticas. Esta función
moralizante marcó su iconografía en la Alta Edad Media
y fue plasmada en capiteles, canecillos y pinturas murales de las
iglesias.
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