A
quienes tenemos especial vinculación con el desarrollo
de la ciudad nos encanta ver que la misma (la que a veces construimos
con sólo criterios de utilidad y economía, olvidando
otros aspectos tan importantes o más como la habitabilidad,
la perdurabilidad, el carácter, la humanidad o la belleza)
es objeto de miradas voluptuosas, o críticas, o, como es
el caso que nos ocupa, convirtiéndola en modelo inmóvil
de gran belleza artística, descubriendo los elementos de
valor que subyacen en la misma.
Susaeta ha
evolucionado, y mucho, y pinta ahora, casi en exclusividad, una
de las cosas que mejor conoce: las ciudades donde ha vivido.
Selecciona
así las grandes panorámicas que le interesan, compone
el formato adecuado y tiñe la retina del espectador de
un colorido intenso, trabajado con múltiples texturas,
como la ciudad misma, del modo que sólo un poeta lo haría
con la palabra o un músico con los diversos instrumentos
de una gran orquesta sinfónica.
Su creación
de la ciudad es completa.
El dibujo,
lo suficientemente claro para reconocer los parajes, pero lo suficientemente
difuminado para no perderse en lo accesorio; el color, abrumador,
transporta a momentos del cielo previos a las grandes tormentas
o a las auroras boreales, generando con ello una nueva ciudad,
que nos invita con urgencia a coger también nosotros grandes
brochas y teñir los ríos, los árboles, los
cielos y las fachadas con los tonos intensos que Susaeta nos propone,
y las texturas, múltiples y variadas, ofreciendo así
al espectador cientos de cuadros dentro del cuadro, exigiéndole
casi, tras la primera visión del conjunto propuesto, nos
acerquemos de modo peligrosamente cercano al mismo, casi con la
proximidad del miope, y descubramos con gozo las distintas capas
que en algunos casos tímidamente aparecen, los fondeados
robustos que buscan su lugar por encima de las capas de acabado,
las distintas masas de color y su tratamiento, la impronta de
la pincelada tan decidida y firme que ayuda en armonía
a completar esa nueva visión que se nos propone.
He tenido
la oportunidad de fotografiar su obra reciente y he podido adentrarme,
con la ayuda del objetivo de mi cámara, con la osadía
del joven que ya no soy, con la impertinencia del viejo que comienzo
a ser y con el arrebol del "voyeur", por los distintos
espacios que en cada cuadro Susaeta ha trabajado, con una visión
deslocalizadora, regenerando con audacia otras muchas composiciones
posibles, teniendo la plena sensación de que se nos pide
que participemos intensamente en generar nuestra propia óptica,
que reservemos en nuestra memoria con tanta fuerza tanto el conjunto
como el detalle y que después de todo ello percibamos la
ciudad, nuestra ciudad, con cientos de filtros mágicos
que nos devuelvan la fe en la misma
JAVIER
CASTRESANA
Arquitecto